lunes, 2 de mayo de 2016

Canción XIII Corre, Corre

    Reconocieron al muchacho por sus ropas de colores ocres y amarillos además de por un anillo de madera que le había regalado su madre. Tras días de búsqueda por el bosque, no lograron encontrar su cabeza. En realidad todos sabían que no aparecería, ni la cabeza ni sus piernas, ni su brazo izquierdo, pero no podían negar un gesto tan simple como una batida a la abatida mujer. Una vez más, no lograron nada; sólo podían preparar otro funeral y pensar en quién sería el siguiente, pues la bestia que se llevaba a ciertos incautos seguía un pautado calendario; mataba para comer, o eso creían, y siempre una vez cada luna llena exactamente. Normalmente se llevaba a chicos y chicas de carne joven y blanda que andaban despistados por el bosque y, si sus víctimas no tenían esa suerte, la criatura llegaba a llevárselos de sus propias casas, llevándose a una sola víctima por cada vez.
    ¿Intentaron defenderse alguna vez? Claro que sí, pero ni siquiera estaban seguros de qué aspecto tenía; algo parecido a un lobo gigantesco que se alzaba sobre dos piernas. Nunca se había llevado niños, así que estos, ignorantes, simplemente cantaban sobre lo que no entendían.
    "Corre, corre.
    ¡Qué resbalón!
    Repta, repta.
    ¡Arrastrarse intentó!
    Llora, llora.
    ¡Su pierna agarró!
    Grita, grita.
    ¡Su cabeza se comió!"
    Una noche, cumplida la luna desde el chico de ropajes amarillos, una parejita de adolescentes, de poco más de diecisiete años, paseaba por el linde del río. Iban demasiado ensoñados como para darse cuenta de que una enorme bestia los seguía, cuidando no hacer ni el más mínimo ruido. Los chicos eran un cebo demasiado fácil, demasiado tentador. Aquella noche el licántropo se sentía especialmente goloso, esta vez cogería a la chica. Los jóvenes se detuvieron, sentándose en una manta sobre la que se podía ver una cesta repleta de fruta. "Qué mono, le ha preparado una sorpresa". Pensó el licántropo, cuya máxima preocupación era que el sonido de su estómago alertase a su cena. No necesitaba hacerlo sigilosamente o con cuidado, pero esa noche estaba juguetón, le apetecía acecharlos y luego llevársela ante la mirada del chico.
    El chico posó lentamente una fresa en los labios de la chica.
    El chico no aguantaba más, quería besarla, saborear sus labios de fresa.
    El licántropo no aguantaba más, quería arrancarle los labios de un bocado y sentir su tierna textura bajar por su esófago. Preparó sus patas traseras para el impulso y...
    —¿Has oído eso? Era como... un silbido —preguntó la chica.
    —Seguramente sea el vientro... —respondió el chico antes de besarla.
    Unos metros más allá, el einherjar sostenía por un lado el cuerpo del hombre lobo y por el otro su cabeza, cercenada en corte limpio y ascendente que hizo volar la poderosa testa antes de que la recogiese al vuelo tras envainar su espada silbante, no quería hacer un ruido que asustase a los chicos, que estaban muy entretenidos. Un parpadeo. El einherjar y su presa ya no estaban ahí, sino en la plaza del pueblo, donde dejó caer los restos del hombre lobo, antes de recoger de entre unas hierbas una pequeña piedra roja, el objeto que hizo posible el teletransporte. Pidió dos estacas al primer aldeano que respondiese y clavó en ellas el cuerpo y la cabeza del monstruo respectivamente. El einherjar no se quedó para ver la sorpresa de todos cuando el licántropo perdió pelo, músculos y dientes para transformarse en la desnuda madre del chico de ropajes amarillos. No era consciente de la maldición ni de lo que hacía cada luna llena. Quizás el einherjar debió intentar razonar con el licántropo, pues la mayoría tienen una inteligencia que oscila entre la media y la media baja o podría haber intentado levantar la maldición; quizás la próxima vez.
 

sábado, 30 de abril de 2016

Canción XII Boca Grande y Caliente

    Todos escuchaban a aquel hombre subido a aquella carreta. Todos estaban absortos, ya no se acordaban de problemas mundanos como las cosechas o si sus hijos se comían la verdura o el número de ratas que había en cada casa. "Ooooooh", exclamó la multitud cuando el hombre que no paraba de gritar mientras sacaba pecho exhibía el hacha con el que había matado al dragón. La hoja del arma refulgió las luces de las antorchas de la plaza, reflejándose en los ojos de los niños. Una mujer anciana observaba a través de la ventana a quien ella denominó en su cabeza cómo "Ese Extranjero con una Boca Grande y Calentada" agitaba su hacha en el aire, decapitando enemigos imaginarios. La anciana murmuraba y sólo su pequeña nieta, medio dormida en su cuna.
    —Dragones... Los dragones no existen. No puedes matar algo que no existe. Ese extranjero sólo ha traído el diente de algún oso y todos le creen cuando dice que ha matado a un... ¡un dragón! ¡Mira! Ya están dándole monedas en agradecimiento. No me fío de los extranjeros. Seguramente el mismo es el que ha secuestrado a esas ovejas para engañar a todos. Dragones... ¡Qué bobada! ¡Los ha engañado a todos con sus historias de lagartos que escupen fuego! ¡Si existiesen, ese idiota ahora estaría nadando en el estómago de uno!

    Pasaron cerca de tres semanas hasta que un caballo negro cabalgado por un hombre envuelto en un abrigo pasó cerca de la aldea en que hacía algún tiempo, un extranjero clamaba haber matado a un dragón. El einherjar detuvo a su montura y observó desde la lejanía de una colina los restos carbonizados de la pequeña población. Aunque él desconocía la historia del falso asesino de dragones, para él era obvio que aquella aldea ennegrecida habría necesitado uno.
    Sólo hay un problema: no existen los asesinos de dragones.
    Y si había un dragón en los alrededores, él debía alejarse y así lo hizo. Montó a Abeja y juntos se alejaron al galope, sin siquiera pensar en mirar atrás.

    La anciana no se equivocaba. Los dientes que el extranjero llevó como prueba no eran de un dragón. Sólo era un farsante que buscaba una comida y una cama fácil.
    La anciana se equivocaba. Hay dragones más allá, con bocas grandes y calientes. Dragones a los que no les gusta que nadie se tome su nombre a la ligera, un motivo perfectamente legítimo para que uno de ellos se despertase y volase a quemar una aldea de doscientos habitantes. Ni siquiera lo hizo para comer, simplemente se tumbó en lo más hondo de una cueva cercana y durmió con la dulce nana de los gritos de todas aquellas familias, una melodía que se repetiría en sus sueños durante años.

martes, 26 de abril de 2016

Canción XI Piedras Blancas

    Recibió un nuevo golpe que lo lanzó a toda velocidad hacia una de las cabañas, cuyas tablas de madera no fueron rival para la espalda del einherjar. Una parte de él sintió una ligera molestia similar al dolor, no fue la parte que ahora se ponía en pie levantando la antes viga maestra de la casa. Cuando alzó la mirada, el monstruo estaba masticando a una nueva víctima que no corrió tan rápido como lo hizo su madre. El einherjar entonces lo asimiló, no era rival para un cíclope tan joven, robusto y hambriento. Tenía que dejarles; tenía que dejar que los cuervos tomaran el control.
 
    Oscuridad.

    Susurros.

    Una explosión.

    Cuando se despertó, él estaba de pie, con su espada en la boca, pues las manos que podían haberla sujetado estaban ahora dentro del estómago del cíclope, estómago que se hallaba iluminado por la luz de un tímido sol de invierno y hasta la altura del estómago llegaba el cuerpo del cíclope, ahora de rodillas. El resto estaba por ahí, por aquí, por allá... El einherjar pensó entonces lo mucho que odiaba cuando los cuervos hacían que él hiciese "eso": Es efectivo y normalmente letal para cualquier criatura pero un brazo es un alto precio. El einherjar no tenía ni idea de cómo podría haber perdido el otro. Alguien tendría que limpiar ese desastre. Era una población de unos cincuenta habitantes de los cuales ahora sólo quedaban quince.
    Unos supervivientes se acercaron al einherjar que estaba cubierto de sangre, al borde de la inconsciencia, recuperándose del hecho de haber sido controlado por los cuervos que ahora lo estaban mirando desde alguna parte.
    —¿Se ha acabado ya?
    El einherjar dejó caer su espada al suelo, que se clavó varios centímetros en la nieve y la tierra.
    —¿Dónde está el médico? —preguntó un pobre desgraciado por el paradero de otro pobre desgraciado cuyo proceso de digestión habría tardado poco en comenzar.
    —¿Un médico? Necesitamos un embalsamador, siendo un cadáver andante, puede que incluso pudiese curar al maese einherjar.
    "Vaya, el gracioso de la aldea ha sobrevivido". Pensó el einherjar, aunque incluso se podría haber percibido un atisbo de que le había hecho gracia. Entonces habló.
    —Que nadie toque mi espada. Por vuestro bien.
    Entonces el einherjar se desmayó, pues tenía que visitar al que haría que despertara con sus brazos de vuelta y, un segundo después de caer al suelo, despertó con un par de brazos nuevos. Su espada seguía donde él la había dejado, por una vez, nadie intentó quitarle su espada y nadie murió en el intento.
    El einherjar sacó del interior del cíclope la causa de su estado, dos pequeñas y redondeadas piedras de color blanco. Una vez hubo recolectado y entregado las uñas de los aldeanos y ras las súplicas de los supervivientes, el einherjar los escoltó a la aldea más cercana. Ellos caminaban como almas en pena, pues en parte lo eran, mientras que el einherjar iba a lomos de su fiel Abeja, la primera montura que le duraba más de una luna.

viernes, 22 de abril de 2016

Canción X Pilares

    Angfärn. Un clan de guerreros, un clan poderoso que, desde hacía dos inviernos, sólo crecía en miembros y seguidores; pues su fama empezaba a extenderse por todo el continente y por todos los archipiélagos. El actual patriarca del clan siempre fue un hombre respetuoso con todo aquello que no fuesen sus enemigos, de especial manera lo era con los dioses. Ahora, junto con su flota en aumento de nada más y nada menos que seis drakkars, surcaba el mar de vuelta a su hogar. Fue cuidadoso, cada bagel transportaba varios pilares de madera con imágenes del dios al que rogaban protección: el poderoso Thor. En su travesía de vuelta, ya habían lanzado al fondo del mar la mitad de los pilares, acción que, según la tradición, les proporcionaría una salvaguarda en los embravecidas mareas.
    El líder del clan dio la orden y, nuevamente, seis pilares de madera cayeron al agua; hundiéndose lentamente. Algo, pues "algo" es ya especificar de sobremanera, estaba observando el descenso de los pilares al abismo helado. Los observaba desde abajo y ahora... ese algo... emergía.
    Los pilares habían sido tallados y preparados con pasión y admiración por los buenos y fieles hombres del clan Angfärn. Los dioses los habían escuchado, pero hay cosas de las que incluso los dioses no pueden protegernos. Esa pequeña franja de océano en la que antes se encontraban las seis embarcaciones y los más de cien hombres quedó en calma y vacía de vida en menos segundos que hombres había.
    No hubo testigos de la desaparición del clan, pero todos los que contaron su desgracia causaban estupor en los rostros de los niños al mencionar a la bestia.

miércoles, 20 de abril de 2016

Canción IX Piezas de Metal

    —¡Los mejores precios! ¡Los mejores precios al este del Flüssh!
    Y esa misma frase podía escucharse por todos los puestos del mercado que había en la plaza central de la pequeña ciudad de Dóer, una de las mayores poblaciones en la costa y conocida por sus mercados de pieles de corzo, oso, liebre, conejo, alce, castor, foca y en tres ocasiones tuvieron pieles de ballena de la mejor calidad.
    En uno de los puestos, una niña pequeña ayudaba a su padre a despellejar una regordeta liebre y a sus crías, estaba siendo un buen día. La pequeña entonces puso sus ojos en un hombre de entre todos los que estaban en la ajetreada plaza.
    —¡Padre! ¡Padre! ¡Ha vuelto!
    El mercader se sorbió los mocos y se pasó la manga de su camisa por su goteante nariz. El einherjar se acercó a su puesto y saludó a la pequeña respondiendo al efusivo saludo que la pequeña le dirigió.
    —¿Es este?
    —Sí, como querías: fuerte y negro como la noche más oscura —dijo el mercader dando dos palmadas a las poderosas posaderas del esbelto caballo.
    El einherjar se acercó al corcel, que se mostró manso cuando acarició sus crines.
   —Te has enterado? —comentó el mercader al einherjar— ¿Los robos de los últimos días? Habían sido unos duendecillos, bueno, goblins creo que se dice exactamente —hablaba mientras el einherjar examinaba la silla de montar que iba incluida en el lote—. Alguien se lo dijo a los guardias, hubo una batida y los encontraron. El juicio empezó hace un rato en la casa comunal.
    —Yo quiero ver a los duendecillos, papá.
    —Cuando suene la campana el juicio habrá terminado y podrás ver a los duendecillos —dijo el mercader acariciando el pelo de la pequeña mientras el einherjar se subía a su nuevo caballo—. Recuerda, einherjar; si te encuentras con otro einherjar llamado Dawrin una cicatriz con forma de equis en la cara, recuerda agradecerle de mi parte que salvase la vida a mi padre, Lamry Kard, cazador de Dóer.
    —Lo haré —dijo mientras lanzaba al mercader una bolsita repleta de monedas—. ¿Tanto? Maese einherjar, no puedo aceptar...
    Pero el einherjar ya había espoleado a su caballo y se alejaba al trote. El einherjar visitó a otros mercaderes para comprar un nuevo abrigo, empezaba a hacer frío, se acercaba el invierno. Estaba mirando cuando sonó una campana. Cogió el abrigo, pagó más de lo que costaba y se fue subido a su caballo, al que llamó "Abeja".

    En la salida de la ciudad vio a la pequeña hija del maese Kard canturreando junto a otras niñas. La cancioncilla era una versión de otra que el einherjar ya había escuchado; decía así:
    "Un duendecillo
    Se balanceaba 
    Sobre la cuerda de la horca.
    Como veían
    Que no se moría
    Le lanzaron un cuchillo.
    Dos duendecillos
    Se balanceaban
    ..."
    El einherjar apartó la mirada de las niñas que hacían corro en el suelo y espoleó a su caballo. Mientras se alejaba de Dóer pensó: "Los goblins no roban, odian las costumbres humanas, pues no entienden cosas como que unas piezas de metal puedan tener tal importancia en el mundo de los Hombres. Esos goblins no robaron nada a nadie".
    Los robos siguieron sucediéndose en Dóer. Hubo un juicio rápido y otra cancioncilla para los auténticos ladrones.

domingo, 17 de abril de 2016

Canción VIII Eran Tan Hermosas...

    —Hermanito, ¿sigues ahí? —preguntó el niño rubio.
    —Sí, sigo aquí —respondió el niño pelirrojo.
    —Como te decía, seguí al extraño cuando se fue de la aldea, le faltaba un brazo, ¿sabías? Pero parecía que le daba igual, cogió sus cosas y ¡ala! Se fue de la aldea. Padre y madre dijeron que no me acercara a él cuando pasó cerca de casa pero cuando ellos entraron yo dije que iría a jugar pero al final no fui a jugar, ¿sabías? Oye... ¿Sigues ahí?
    —Sí... sigo aquí.
    —Pues eso, seguí al extraño fuera de la aldea y entonces se metió en el bosque y caminamos y caminamos y caminos y empezó a hacer más frío y más frío y más fríiiio y luego resulta que se volvió de noche, ¿sabías? Pero era una noche rara, no había ninguna estrella ni nada, el cielo estaba enteeeeeero de negro y tampoco había luna, ¿sabías? Oye... ¿sigues ahí?
    —Sí.
    —Y de repente el bosque se acabó y había una pradera muuuuy enorme con hierbas altas y muuuuy oscuras, no había luz, pero podía ver igual. Estaba el extraño y también había alguien más, era altíiiiiisimo, de como diez metros y tenía una túnica negra con una capucha. Al principio le daba la espalda al Einherjar, estaba ocupado cavando un agujero en el suelo con una pala gigantesca. Había muchos agujeros en el suelo, miiiiles de ellos, algunos estaban vacíos y otros estaban llenos pero toooooodos tenían unas piedras al lado con nombres escritos. ¿Sigues ahí? Supongo que sigues ahí. El extraño hablaba a la figura alta de la capa negra y raída, creo que estaba cubierta de telarañas, daba bastante asquito. Entonces el altísimo se dio la vuelta y se inclinó frente al extranjero. Luego de su espalda salió un brazo súuuuuuuuper largo que metió la mano en uno de los agujeros que ya estaban tapados y sacó un brazo. Se lo puso al extraño donde se le acababa el suyo y de repente unos hilos empezaron a coser el brazo nuevo al cuerpo del extraño. Me miró, ¿sabías? El altísimo me miró no se le veía la cara porque la capucha se la tapaba pero había unos puntitos amarillos que sí que se veían, eran ojos; tenía miiiiiles de ojos y  todos eran dorados y brillantes y toooodos ellos me miraban a mí. Escuché una voz en mi cabeza, bueno, eran muchísimas voces, igual que ojos tenía, ¿sabías? Las voces dijeron: "No debes estar aquí. Vete por donde has venido y no cuentes lo que has visto a nadie. Si le cuentas esto a alguien, morirá". Y entonces sentí cosquillas, muchos cosquillas, por todas partes. Tan pequeñitas... Sus diminutas patitas subiendo por mi cuerpo... Las lucecitas de sus ojos y la negrura de sus boquitas... ver sus colmillitos tan cerca... Esas arañitas... Eran tan hermosas... Parece que aún las veo... A veces creo ver el interior de sus diminutos estómagos. Eran tan hermosas... Hermanito, ¿sigues ahí? ¡Casi se me olvida decirte una cosa! Antes de los bichitos vi algo. De entre todos los agujeros había uno más pequeño y tu nombre estaba en la piedra que tenía al lado, ¿sabías?

    Tardaron cerca dos horas en sacar al niño pelirrojo de la maraña de telarañas que le cubría.
    Algunos vomitaron cuando vieron que los gruesos y pegajosos hilos salían de la boca, del estómago del niño de pelo rojizo.
    Algunos vomitaron cuando vieron el el rostro de su hermano de claros cabellos que, ignorante de la situación, seguía hablando con su hermano.
    Los padres de los niños prepararon un funeral para el niño pelirrojo, el niño rubio no pudo verlo, pues las hermosas arañitas se llevaron sus ojos.
 

viernes, 15 de abril de 2016

Canción VII Pesca antes del Amanecer

    Sorbían y tragaban. El reluciente y dorado licor mojaba sus labios y calentaba sus gargantas, había sido un duro día de trabajo en los muelles y, para variar, seguía sin haber pesca; eso colaboraba a acrecentar el mal humor y el número de arrugas en los ceños de los pescadores.
    Las jarras empezaron a pesar ridículamente poco, una joven de fornidas piernas y redondas nalgas les llevó otra bandeja con una nueva ronda de jarras y al dejarlas escuchó de nuevo una frase a la que no quería acostumbrarse: "Pagaremos cuando piquen, sabes que pagaremos cuando haya peces".
    El más afeado entre los pescadores llevaba largo rato mirando a una mesa solitaria y apartada en una esquina oscura; la mesa estaba iluminada por una titilante y débil vela que dejaba ver la pálida cara y los pálidos ojos cubiertos de sombras en danzante movimiento. Aunque lo intentaba, el pescador no comprendía el complicado proceso que el extraño hombre estaba llevando a cabo con hierbas, piedras y líquidos de diversos colores; mas no miraba por extrañeza o curiosidad, miraba con odio, ¿odio infundado? Probablemente. No le gustaban las historias sobre esos soldados retornados y ahora tenía a un Einherjar delante.
    —¿Qué estará haciendo esa basura aquí? Me da urticaria sólo de sentirlo aquí —comentó otro de los pescadores; realmente todos estaban observando al Einherjar. Otro de los pescadores lanzó un potente, cargado y gelatinoso esputo a las tablas de madera del suelo.
    —Primero no hay peces y ahora esto. Si no se ha ido mañana, nunca lo hará, ¿estamos?
    —Ahorraremos varios kilos de cebo esta semana.
    —Dudo que ni siquiera los peces lo quieran.
    El Einherjar apagó la vela con un soplido, sumiendo su rincón en la oscuridad, salió de entre las sombras y salió de la taberna. Un nuevo escupitajo cayó en el suelo.

    El Einherjar madrugó.
    Los pescadores madrugaron.
    Ambos lo hicieron para afilar sus armas. Aún no había amanecido cuando el Einherjar se subió a una barca y comenzó a navegar mar adentro. Los pescadores observaron cómo se alejaba, ya estaban hartos, esa era una de sus barcas. Observaron desde la orilla. La mayoría perdió de vista la embarcación y al más joven de ellos le pareció ver cómo se hundía de repente, le quitó importancia y atribuyó el espejismo a que, como sus camaradas, estaba envejeciendo.
    Esperaron una hora.
    Esperaron dos.
    Entonces algo emergió de entre las aguas: una cabeza con el pelo mojado y pegado a su cara. Era el Einherjar, todos agarraron sus machetes de pelar escamas y se pusieron en pie. El retornado salía lentamente a la superficie. Estaba semidesnudo, tenía una herida en su pectoral izquierdo, decenas de agujeros de salvajes dentelladas y mordiscos llenaban lo que quedaba de la parte izquierda de su cuerpo. Sorprendentemente, apenas sangraba; uno de los agujeros aún tenía un diente dentro. Algunos pescadores se estremecieron cuando el Einherjar salió completamente a la orilla, tenía la ropa hecha girones y otras dos heridas por mordiscos que no tenían tan mala pinta como la primera. Tiraba con su mano derecha de una cuerda, una que tenía algo muy pesado en el otro extremo.
    El más anciano de los pescadores soltó su pequeña hacha, llevaba sus más de sesenta años en el mar y creía que conocía a lo que allí moraba, pero nunca había visto un pez tan grande, con una boca tan ancha y con tantos dientes saliendo de ella. Más estremecedoras eran las heridas de la bestia, ninguno había visto nunca nada parecido, por uno de los costados de la bestia marina (la parte que correspondería a su costado, si lo tuviera) podían verse sus músculos y poderosa estructura ósea.
    Arrastró al monstruo, de unos seis metros de envergadura hasta donde estaban los pescadores y soltó lagélidamente húmeda cuerda, a la que la arena se pegó rápidamente y entonces, el monstruo erguido, mojado, blanco y pingante que estaba frente a ellos habló.
    —Excepto por la parte del costado debería de ser comestible, cortadlo evitando la parte carbonizada. No tendréis más problemas... —gruñó mientras se quitó el colmillo que tenía incrustado entre sus costillas, lo tiró a la arena pues, si la dentadura de ese monstruo tenía alguna propiedad útil, el Einherjar no la conocía— con la pesca de ahora en adelante. Siento lo de la barca, ahora tendréis peces y podréis pagar en la taberna.
    Y diciendo esto, el Einherjar se fue caminando lentamente, las sustancias que había tomado estaban empezando a perder efecto, un atisbo de dolor empezó a recorrer su pectoral y su hombro izquierdos, pues hasta ahí llegaba su brazo, los pescadores encontrarían el resto dentro del monstruo.